El observatorio sismológico Kandili de Estambul detectó el epicentro en la comarca de Karakocan, en la provincia oriental turca de Elazig, sobre las 4.32 hora local (3.32 en la península). Según explica José Manuel Martínez Solares, sismólogo del Instituto Geográfico Nacional, el terremoto ha sido provocado por el contacto de dos subplacas: la de Anatolia y la de Arabia. Se trata de un movimiento convergente, de tal forma que una de las placas, la de Arabia, ha desplazado a la otra. La convergencia se produce «sin subducción, ya que tan sólo se empujan, no se superponen una sobre otra», algo que sólo ocurrirá dentro de cientos de miles de años.
«El desplazamiento es de 27 mm al año, es peligroso, pero no tanto como en Chile, donde las placas se mueven nada menos que 8 cm al año. La prueba es que la magnitud ha sido inferior». Sin embargo, como el choque de las placas ha sido muy superficial -se ha producido tan sólo a 10 kilómetros de profundidad-, las consecuencias han sido peores de lo que corresponde a su magnitud. El experto advierte de que es posible que se produzcan réplicas en los próximos días, seguramente de menor intensidad.
No hay «efecto dominó»
Como es lógico, el sismólogo explica que este terremoto «no tiene nada que ver» con los ocurridos en Haití y Chile, que tampoco tenían relación. «Hay demasiada distancia entre estas zonas para que uno pueda haber generado a otro». Simplemente, el hecho de que los seísmos estén tan cercanos en el tiempo es «pura coincidencia». En un año, según las estadísticas, puede producirse un terremoto de magnitud 8, pero pueden registrarse unos quince de magnitud entre 7 y 8, y nada menos que 140 entre los niveles 6 y 7. Los últimos movimientos telúricos «han llamado la atención porque han ocurrido en zonas pobladas, pero también se registran otros en zonas perdidas del Pacífico, Alaska o Siberia de magnitud 7 y no se entera nadie».
En este caso, el terremoto no ha tenido consecuencias tan graves sobre el planeta como sí lo tuvo el de Chile, que modificó el eje de la Tierra y acortó la duración del día. «Cualquier desplazamiento de masa genera una variación en la velocidad de rotación de la Tierra. El ejemplo es un patinador, que gira más despacio cuando extiende los brazos. También ocurrirá cuando la presa china de las 3 Gargantas se llene de agua, pero estos cambios son mínimos».
Aunque los científicos sepan que existen zonas calientes, Martínez Solares reconoce que «el gran problema de la sismografía es la predicción. Podemos decir que en 50 años se producirá un terremoto de magnitud 7 y medio en una zona determinada, pero no sabemos exactamente cuándo». Por este motivo, es una ciencia de «prevención, no de predicción». Lo único que podemos hacer para evitar un terremoto es «construir con seguridad, porque no podemos sacar a la gente de las ciudades un día antes».
Una seria advertencia
Hace tan sólo unas semanas, Investigadores del Instituto de Tecnología de Karlsruhe y del Centro Alemán de Investigación de Geociencias advertían de que Turquía podía ser objeto de una oleada de sacudidas, aunque este terremoto no ha ocurrido exactamente donde ellos lo preveían.
En la última edición de Nature Geoscience, expertos del Instituto de Tecnología de Karlsruhe y del Centro Alemán de Investigación de Geociencias presentaban una simulación por ordenador que indicaba que se producirán dos o tres seísmos de una magnitud menor en lugar de uno enorme cerca de Estambul. Además, advertían de que la polis turca se encuentra en extremo peligro, al estar situada a sólo 20 kilómetros de la falla de Anatolia. Por este motivo, consideraban esencial que la población tome precauciones.
En agosto de 1999, 18.000 personas fallecieron en el terremoto que sacudió el noroeste y el centro de Turquía, con epicentro en Izmit y con una magnitud de 7,4. Fue el más reciente de una serie de seísmos en la zona que comenzó en 1939 en el este de Turquía y gradualmente corrió a lo largo de la frontera entre la placa de Anatolia y la Euroasiática, de este a oeste.







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