Creo que si los ciudadanos que usualmente seguimos de cerca los acontecimientos políticos en Nicaragua verdaderamente analizaramos con detenimiento estos, no nos sorprenderíamos del todo cuando los actores políticos del momento dan a conocer la más reciente de sus hazañas.
Sin necesidad de hacer perder tiempo a los lectores enumerando cada caso, basta retroceder poco tiempo para ver que cualquiera de ellos primero Toca para luego Repicar; lo cual no tendría nada de malo si se tratara de un ciudadano común y corriente. El problema reside en el hecho de que por la misma posición que ocupa el fulano, esto seguramente repercutirá -de una manera u otra- en la vida de miles de nicaragüenses. Y aquí viene el problema.
Para ilustrar mi punto voy a usar brevemente el ejemplo del famoso pacto entre el Dr. Arnoldo Alemán y el presidente Daniel Ortega. Si éste se hubiera efectuado entre dos ciudadanos corrientes (o delincuentes, según la preferencia del lector), con la intención de cometer fraude contra la ciudadanía, esto pasaría sin mayor problema. Se les prueba la intención y el delito, se les juzga, condena, y ¡ya!
Pero tratándose de elementos como los ya mencionados. Cometen el delito. Lo comprueba la población entera. NO se les juzga, y siguen campantes como si fueran Batman y Robin paseándose por Ciudad Gótica.
Esto crea inestabilidad en la sociedad. Inseguridad en el ciudadano, quien comprueba que se encuentra en completo estado de indefensión, pues únicamente está protegido aquél que sirve a cualquiera de los dos señores. Esta alternativa a su vez, promueve la corrupción y el nepotismo.
Si el ciudadano decide mantener su dignidad, le resta la opción de luchar “desde adentro” lo cual se torna difícil pues no hay oxígeno pá tanta gente, o la de abandonar el país. Esto último parece quedar comprobado con las cifras que se obtienen de los organismos internacionales que muestran un incremento en la migración, y las encuestas que dicen de aquellos que se irían del país, si tan solo pudieran hacerlo.
Sabiendo nosotros que esa es la realidad existente en Nicaragua. Estando claros que las leyes son utilizadas simplemente como mampara para que algunos escogidos las empleen a su favor. Es así que vemos últimamente cómo el esposo de doña Rosario decide descaradamente asaltar la Constitución de la República adjudicándose una autoridad que nadie le ha otorgado bajo el pretexto insultante de que lo hace para salvar a Nicaragua del caos.
En la universidad, debido a la carrera que cursaba, fue requisito tomar la clase de Sicología Criminal. En esta se enseña que el delincuente cree firmemente que a él le asiste el derecho a cometer su fechoría por cualquier razón, por muy descarada que esta sea. Pero para él es válida.
Bajo esa óptica veo yo la acción del Presidente Ortega. Él está en su derecho de cometer el delito. Como parte afectada y ofendida la ciudadanía está en la obligación de impedírselo. Si sabemos que recurrir a los tribunales para hacer uso de la misma Constitución que Ortega acaba de violentar es como pedirle a Hitler que regente un tribunal de Derechos Humanos. Tomar esa acción suena “civilizado”, ¿pero, es lo verdaderamente correcto?
La famosa Oposición- también lo hemos comprobado- no es más que un mural mal pintado. Por lo tanto no se puede contar con ella.
¿Seguimos esperando o seguimos aguantando? Al final, es lo mismo. ¿Qué hacemos?







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